27 ene 2016

Aire (2014)

Javier Cabeza nació y creció en Santiago

27 ene 2016

Javier Cabeza nació y creció en Santiago de Compostela. Hijo único, era dueño y señor de un

palacio de cuarenta metros cuadrados en el tercer piso de un viejo edificio de la pequeña

ciudad. Siempre que su padre, más carcelero que rey, no estuviese.

Bajaba a la calle todo el tiempo que podía. Corría, jugaba con los demás niños y éstos, a

cambio de hacerles de recadero, compartían con él su merienda. Algunos sólo le daban los

bordes del pan de molde, y aunque él sabía que lo hacían para fastidiarlo, él les daba las

gracias y les sonreía, para volver a jugar con ellos al día siguiente.

Sólo había una niña en la calle que fuera más pobre que Javier. Era Sara, la gitana. Siempre

estaba sucia, hablaba diferente, y era por todos sabido que no debían jugar ni hablar con ella,

ya que era peligrosa.

Ésto no habría importado si la madre de Sara no tuviese el mejor trabajo del mundo.  Vendía

unos globos enormes con figuras diferentes que flotaban en el aire. Una casa, un camión de

bomberos, un deportivo…”Si me hiciera amigo de Sara”, pensaba él, “su madre me regalaría

uno de esos globos”. Con varios podría incluso volar, lo había visto en la tele.

Así, Javier, a escondidas de los otros niños, sonreía a Sara cuando la veía. Ella, a escondidas

de su madre, le devolvía el saludo y se ponía colorada. Lo cierto es que era guapa.

A Javier le gustaba contar chistes. Se los oía a su padre en el bar y, aunque no los entendía

bien, los memorizaba y repetía porque sabía que a los chicos mayores les hacían gracia.

Empezó a contarlos en voz lo suficientemente alta como para que Sara los escuchase. Pero

Sara no fingía entenderlos.

Poco a poco, la niña fue cayéndole cada vez mejor, incluso intercambiaban algunas palabras

en un momento de despiste de los demás. “Sara no es peligrosa”, se dijo.Y se lo fue a contar a

todos. Les dijo además que así podrían jugar con aquellos enormes globos, ya que su madre

tenía docenas de caballos, motos, y cosas aún mejores. Pero los niños le dijeron que no.

Alguno tenía caballos de verdad, otro había montado en la moto de su tío, lo que vendía la

gitana era sólo aire. “Son tan pobres que sólo venden aire”.

La mujer, que lo había estado escuchando, le regaló a Javier el globo más grande de la

colección. Él no recuerda haber jugado nunca más. Volvió a su casa y entendió cuál era su

sitio.

Estudió todo lo que pudo, montó su empresa y desde ella vende aire a todo el que se acerca.

Nunca comparte su bocadillo.

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