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Lejos (2011)

Despierto en un vagón de tren. En el asiento de enfrente viajan una mujer con su hija. La madre lee un libro de Dan Brown en edición de bolsillo, mientras que la niña, de unos ocho años de edad, duerme apoyada en el regazo de la otra. Me cuesta un rato recordar cómo llegué allí. Miro por la ventana para intentar localizar el lugar en el que nos encontramos, y, aunque no distingo el paisaje, veo un cartel de una ciudad próxima que me dice que debo de llevar viajando unas cinco o seis horas. Busco en mi bolso algo de beber, y un antiinflamatorio para paliar la resaca. Las manos me tiemblan un poco. Noto que la mujer de enfrente levanta ligeramente la vista de las páginas del Best Seller para lanzarme una mirada inquisitiva, a la vez que chasquea con la lengua. Me pregunto si tendré tan mala pinta. Me levanto con dificultad y voy hasta el baño, la mujer estaba en lo cierto, parezco una indigente. Me arreglo como puedo y antes de salir miro el móvil para ver si hay alguna foto de anoche. Nada. Vuelvo a mi asiento y comienzo a contar el dinero que llevo en la cartera, para ver si me alcanza para comprar un billete de vuelta.
Esto no debería ocurrirme tan a menudo.

El Booktrailer

A la hora de presentar y  un libro, ha surgido una nueva herramienta: los vídeos promocionales o booktrailer. En la mayoría de los casos aparece un narrador o voz en off, y las imágenes son las protagonistas. En mi caso decidí hacer protagonistas a  los lectores, porque son ellos y ellas quienes ponen el mayor porcentaje de la historia cuando escribo. Su imaginación (y la tuya) son todo lo que a mis poemas les falta. Gracias una vez más a Víctor Grande, Kiko Pastur, Sés, Carmen Conde, Manuel Ramas y a todas las personas que me prestaron su voz y su ilusión para salir a contar quién soy.

Carles Canals

El fotógrafo Carles Canals me presta algunas de sus metáforas visuales para mezclarlas con textos nuevos. Una colaboración que acaba de nacer y espera pronto caminar por sí sola.

 

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Dame tiempo (2011)

“Dame tiempo”, dijo. Y dejó tras de sí el ruido de la puerta al cerrarse. Un ruido que nunca volví a escuchar. Y de la misma manera que me pedía tiempo, a mí me regalaba la espera.

Esperé encerrada en casa, comprobando a cada rato que el teléfono tenía línea, mirando por la ventana por si venía. A veces me parecía ver su silueta, pero al acercarse un poco más me daba cuenta de que era otra persona.

Esperando dejé de leer y de escuchar música, todo lo que escuchaba era el reloj de la cocina. Tic, tac, tic, tac, todo el rato, todo el tiempo.

Con la espera empecé a notar que ya no veía los objetos de la casa. Yo veía cada hueco, veía la nada que comenzaba a ganar terreno en el piso.

“Dame tiempo”, dijo. ¡Qué tonto! El tiempo se había quedado en mi casa. Tic tac.

Videopoemas.

Uno de los proyectos que más me ilusionan y divierten es mezclar mis textos con la música que sale de la guitarra de Javier Miranda. Os dejo los vídeos que hemos hecho hasta ahora.

Mi Cárcel (2011)

Se podría decir que él era su cárcel. Ella, desde el comienzo, le entregó todas sus armas, sin condiciones ni negociación.
Le entregó su mirada, el primer pensamiento de cada día, y también el último.
Le entregó la risa, las lágrimas, los paseos a media mañana, los abrazos…
Poco a poco, también fueron suyos sus recuerdos.
El olor a café, el sonido del agua de aquella fuente (por la que ella no podía evitar pasar aunque él no estuviese), el Brown Eyed Girl…
Él era su cárcel, o eso cabría pensar, aunque no es fácil saber de qué lado de la reja estaban.

Despierta.

Completamente a oscuras, escuchó cómo sonaba el despertador. La que había sido su canción favorita en algún momento de su vida se había convertido en el anuncio de que la pesadilla se repetía una mañana más. A tientas buscó el interruptor de la luz, palpó el vaso de agua (que alguna vez había tirado al suelo en ese mismo proceso), la caja de pastillas, el paquete de kleenex y finalmente siguió el cable de la lamparita con los dedos hasta conseguir hacer aparecer el resto de la habitación. Secretamente siempre había odiado ese momento, cuando tras encenderse la bombilla, lo que se aparecía ante ella nunca era una sorpresa como las de las películas de terror. Un mensaje escrito con sangre en la pared, un encapuchado sentado en la silla de la esquina del cuarto…pero nada. Todos los días la misma estampa. Sin excepciones.
Como un zombi, aburrida ya antes de empezar el día, se dejó caer de la cama y fue arrastrando los pies hasta la ventana. Subió la persiana sin que la luz del cuarto cambiara apenas. Era enero, y no amanecía hasta una hora más tarde al menos. No se fijó demasiado en lo que había fuera del edificio, solía vestirse cada día igual, independientemente de las condiciones meteorológicas del momento, solía adaptar su armario directamente al calendario. La televisión y sus ojos se equivocaban con más frecuencia que las estadísticas, o eso creía.
Se dejó llevar por la inercia hasta el baño, donde se desnudó y sin lavarse la cara antes se metió en la ducha. Esto le llevaba cinco minutos exactos, a fin de racionar el sueño y el gasto de agua. Al contrario de lo que se suele hacer, ella no pensaba en nada cuando se duchaba.
Era como un acto mecánico, como todo lo que hacía desde un año atrás. Salía de la ducha, se vestía después de secarse de cualquier manera y se lavaba los dientes. Se lavaba entonces la cara, y fue en ese momento cuando se fijó en la imagen que le devolvía el espejo. Miró sin pestañear a la cara reflejada, esperando pillarla en un despiste y encontrar la diferencia entre las dos. Eso nunca ocurría. Examinaba cada arruga, cada grano. Movía la cabeza a un lado y a otro, sometiendo cada ángulo de aquel rostro al más riguroso de los controles.
Se dio por vencida, aburrida también de ese maldito ritual matutino, salió del baño para coger el abrigo y se marchó.
La mujer del espejó se quedó riéndose. No sabía que aquella tonta que era incapaz de pillarla la mataba cada noche desde hacía un año.

La gota de Schrödinger

Hay una gota
sobre tu espalda.
No sé si es sudor
o agua de lluvia.

Pero que le den a Schrödinger

Yo la vi primero

las gotas son
de quien se las bebe.

La chica-pegamento

Hace un tiempo, no mucho, yo me creía incapaz, rota. Mis defectos salían a borbotones y me hacían resbalar continuamente, volviendo una y otra vez al solitario y cada vez más profundo punto de partida, como un coche intentando arrancar en el lodo.
Se apareció ante mí aún no recuerdo muy bien cómo (ella sí) una chica absolutamente rota, hecha añicos, que caminaba sobre arenas movedizas como si de una pista de baile se tratase. Teníamos mal repartidos el daño y el miedo, la belleza y la ambición, la suerte y la probabilidad. Dejó mi única grieta en ridículo, yo ni siquiera me había molestado en mirar si lo que de ella emanaba servía de algo.
Supe entonces que era invencible. La chica-pegamento era mortal, y había venido a buscarme de entre todo el tiempo y el espacio.

Licencia lógica de la poética

Hace un mes se publicaba una entrevista que me hizo la revista del Colegio de Enfermería de A Coruña. En ella hablamos de la relación entre mi profesión y mi faceta como escritora, pero además me hicieron una pregunta que me extrañó. Querían saber hasta cuándo sería gratis leerme en las redes sociales.

Resulta que todo lo que escribo, antes de pasar al papel, llega directamente de mi imaginación a la red. Y nunca lo habría concebido de otra manera. Soy incapaz de escribir algo sin compartirlo de inmediato con alguien, al igual que hubiera sido incapaz de escribir un libro y blindarlo con una licencia restrictiva de derechos de autor. Elegí una licencia Creative Commons para asegurarme de tener un libro libre, es una de las decisiones que menos tiempo tardé en tomar cuando empecé a plantearme la publicación.

Sería pretencioso, además de poco práctico, pensar que debo “proteger” mi obra de la gente que la quiere conocer. Soy una poeta que ha leído mucha menos poesía de la que debería, que alguien me lea y me dé su opinión es para mi, en este momento, algo mucho más valioso que cualquier porcentaje de beneficios.

Hoy me he acordado de un texto que escribí hace casi dos años. Con él me despido hasta la próxima:

C.

Nos la quieren quitar. Tú agárrala fuerte.
Recuerda que es nuestra, que siempre lo fue. No la sueltes.
Guárdala en todas partes, cuídala, mímala, porque eres tú, porque es lo que somos.
Protégela por lo que nos dió, por la risa tras el párrafo, por el beso en el cine, por el subidón en el concierto.
Nos la quieren quitar, porque para vivir un sueño de papel les hace falta que tu y yo dejemos de soñar.
Me viste en los ojos de una mujer inventada, te conocí mejor en las palabras de otro, sus notas nos salvaron más de un dia. No lo olvides.
Nos la quieren quitar. Pero, ¿Sabes qué? No podrán.

No porque seamos más,

sino porque tenemos mejores motivos.